viernes, 14 de abril de 2017

No le debemos nada a nadie

Nunca he sido la chica más lista de la clase, ni la más guapa, ni la más graciosa. La verdad es que nunca he destacado por nada. Toda mi vida he tratado de pasar desapercibida, pegada a la pared, con la cabeza agachada, sin llamar la atención de nadie.
Nunca he sido de las que se cambiaban de ropa en el ascensor de casa y de las que "dormían en casa de una amiga". El toque de queda sí me lo saltaba, pero eran cosas de la edad.
Nunca he sido de las que querían estar delgadas y tener piernas infinitas con las modelos, nunca me preocupé demasiado por mi imagen.

Pero llegó un día en el que todo cambió.

La gente de mi alrededor no dejaba de hablar de que había que adelgazar porque usar una 38 ya era demasiado. El gilipollas de la clase de enfrente y sus amigos no dejaban de llamarme "cara de ratón" y yo les rehuía en todos los pasillos para no cruzarme con ellos. Las "pijas" de mi clase querían que me declarara a un compañero para convertirme en el hazmereír de la semana. Empecé a ver mi cuerpo y mi cara como algo que tenía que cambiar para poder encajar. 

Y lo lograron. Durante una época, en mi diario, escribía sobre el peso que tenía que perder, sobre el miedo que tenía de cruzarme con algunos chicos en el instituto, sobre cómo jamás le gustaría a alguien. Permití que gente que me importaba una mierda me lavara el cerebro, me moldearan a su gusto.

Con el tiempo aprendí que hay personas que te quieren cambiar, a peor, para ponerte a su mismo nivel. Aprendí que si hay que cometer errores y cambiar, hay que hacerlo por uno mismo.

No le debemos nada a los demás.

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