martes, 2 de agosto de 2016

Operación a corazón abierto

Como todas las intervenciones, la operación conlleva un riesgo mayor del que puedo permitirme. Pero no importa. Nada lo hace. 
El bisturí se desliza a lo largo de mi caja torácica, dibujando un camino de sangre de unos quince centímetros de longitud. Con cuidado, pero con fuerza, el cirujano se abre paso a través de mí, de mis murallas y expone, a la vista de todo el que quiera ver, el órgano encargado de bombear las ganas de luchar, de sobrevivir. 
No sé cuánto tiempo ha pasado, ni cuántas miradas de estupefacción sobrevuelan el quirófano, pero todas terminan en mí, en mi vulnerabilidad exhibida que aún late por inercia. El cirujano sólo niega con la cabeza, sin articular palabra, y me examina, y yo con los párpados cerrados le devuelvo la mirada. 
Acto seguido, y con reticencia en sus palabras, escucho el veredicto final, “no hay nada que hacer, hay que cerrar, sutura”. Y comienza a remendar las incisiones que, con esperanza, hizo con anterioridad. 
 Al terminar, no podía moverme, y mis manos no respondían y mis sentidos no se despertaban, y el cansancio se acomodó en mi pecho. Por un momento el miedo me abrazó con crudeza, y el foco de luz que tenía sobre mi cabeza se debilitó. Tan sólo pasó un instante y entonces lo entendí, suspiré y susurré “hora de la muerte, medianoche”.

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