miércoles, 15 de abril de 2015

Jack.

Y ahí estás tú, contemplando desde la cama cómo me levanto y te robo una camisa. Eres paz, el sentimiento de que todo va a ir bien. Serenidad. Cualquiera diría que eres el mismo hombre que hace unas horas recorría mi cuello con su boca y deslizaba sus manos bajo mi falda. Y me miras. Y ves cómo mi silueta se dibuja en la blanca pared de tu habitación. Y te relames. Y me pides que vuelva a tu lado para quitarme la poca vergüenza que me queda, y las braguitas de encaje negro que sé que te gustan tanto. Y me hago la tonta. Sé que te gusta la inocencia fingida. Me miras, y me doy cuenta de que lo haces desnudándome el alma y no el cuerpo, y me lamento por el tiempo que pasamos distantes. Y te levantas, y me pones el sombrero que llevé yo horas antes. Me abrazas, y me susurras palabras que nadie más conoce: 

 “Eres como un Jack Daniel’s con hielo”

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