viernes, 14 de abril de 2017

No le debemos nada a nadie

Nunca he sido la chica más lista de la clase, ni la más guapa, ni la más graciosa. La verdad es que nunca he destacado por nada. Toda mi vida he tratado de pasar desapercibida, pegada a la pared, con la cabeza agachada, sin llamar la atención de nadie.
Nunca he sido de las que se cambiaban de ropa en el ascensor de casa y de las que "dormían en casa de una amiga". El toque de queda sí me lo saltaba, pero eran cosas de la edad.
Nunca he sido de las que querían estar delgadas y tener piernas infinitas con las modelos, nunca me preocupé demasiado por mi imagen.

Pero llegó un día en el que todo cambió.

La gente de mi alrededor no dejaba de hablar de que había que adelgazar porque usar una 38 ya era demasiado. El gilipollas de la clase de enfrente y sus amigos no dejaban de llamarme "cara de ratón" y yo les rehuía en todos los pasillos para no cruzarme con ellos. Las "pijas" de mi clase querían que me declarara a un compañero para convertirme en el hazmereír de la semana. Empecé a ver mi cuerpo y mi cara como algo que tenía que cambiar para poder encajar. 

Y lo lograron. Durante una época, en mi diario, escribía sobre el peso que tenía que perder, sobre el miedo que tenía de cruzarme con algunos chicos en el instituto, sobre cómo jamás le gustaría a alguien. Permití que gente que me importaba una mierda me lavara el cerebro, me moldearan a su gusto.

Con el tiempo aprendí que hay personas que te quieren cambiar, a peor, para ponerte a su mismo nivel. Aprendí que si hay que cometer errores y cambiar, hay que hacerlo por uno mismo.

No le debemos nada a los demás.

jueves, 15 de septiembre de 2016

Querida yo del pasado

Sí, en unos años seguirás siendo igual de desastre que como eres ahora, descuida.
En un futuro no muy lejano te darás cuenta de lo rápido que pasa el tiempo, así que aprovecha que vamos cuesta abajo, sin frenos y con el viento a favor.
Desde aquí te prometo que todo va a salir bien a pesar de los baches y de algún que otro muro que no vas a ser capaz de atravesar, pero encontrarás otro camino que no será el mejor, pero te va a servir. Siempre hemos sido bastante apañadas.
Sí, vas a querer rendirte, tirar la toalla y decir “hasta aquí”, pero te aseguro que te vas a levantar, como cuando te caíste la primera vez que te montaste en los patines. Vas a darte casi tantos golpes como decisiones tomes, pero te puedo adelantar que los estudios y los amigos a los que llamarás familia van a salir a pedir de boca.
Vas a viajar, no tanto como te gustaría pero los viajes que hagas van a ser de los buenos, de esos que conoces lugares y gente maravillosa, que no será para siempre pero que te acompañarán lo suficiente como para dejar huella.
No le des demasiadas vueltas a cómo es tu cuerpo, va a seguir cambiando y te prometo que vas a lograr estar en paz con él, que habrá complejos pero también aceptación y cariño.
Sí, vas a enamorarte de un gilipollas, varias veces además. Aunque también vas a conocer a chicos geniales a los que les romperás el corazón, pero no te confíes que también te va a pasar a ti y querrás mandar todo a la mierda, pero no lo harás porque nunca hemos sido de quedarnos enterradas bajo las ruinas.
Te prometo que vas a sobrevivir a todo lo que te venga. No te voy a mentir, vienen tiempos duros y vas a tener que sacar fuerzas de dónde crees que no tienes, pero saldrás a flote.

Nos quiero.

martes, 2 de agosto de 2016

Operación a corazón abierto

Como todas las intervenciones, la operación conlleva un riesgo mayor del que puedo permitirme. Pero no importa. Nada lo hace. 
El bisturí se desliza a lo largo de mi caja torácica, dibujando un camino de sangre de unos quince centímetros de longitud. Con cuidado, pero con fuerza, el cirujano se abre paso a través de mí, de mis murallas y expone, a la vista de todo el que quiera ver, el órgano encargado de bombear las ganas de luchar, de sobrevivir. 
No sé cuánto tiempo ha pasado, ni cuántas miradas de estupefacción sobrevuelan el quirófano, pero todas terminan en mí, en mi vulnerabilidad exhibida que aún late por inercia. El cirujano sólo niega con la cabeza, sin articular palabra, y me examina, y yo con los párpados cerrados le devuelvo la mirada. 
Acto seguido, y con reticencia en sus palabras, escucho el veredicto final, “no hay nada que hacer, hay que cerrar, sutura”. Y comienza a remendar las incisiones que, con esperanza, hizo con anterioridad. 
 Al terminar, no podía moverme, y mis manos no respondían y mis sentidos no se despertaban, y el cansancio se acomodó en mi pecho. Por un momento el miedo me abrazó con crudeza, y el foco de luz que tenía sobre mi cabeza se debilitó. Tan sólo pasó un instante y entonces lo entendí, suspiré y susurré “hora de la muerte, medianoche”.