jueves, 15 de septiembre de 2016

Querida yo del pasado

Sí, en unos años seguirás siendo igual de desastre que como eres ahora, descuida.
En un futuro no muy lejano te darás cuenta de lo rápido que pasa el tiempo, así que aprovecha que vamos cuesta abajo, sin frenos y con el viento a favor.
Desde aquí te prometo que todo va a salir bien a pesar de los baches y de algún que otro muro que no vas a ser capaz de atravesar, pero encontrarás otro camino que no será el mejor, pero te va a servir. Siempre hemos sido bastante apañadas.
Sí, vas a querer rendirte, tirar la toalla y decir “hasta aquí”, pero te aseguro que te vas a levantar, como cuando te caíste la primera vez que te montaste en los patines. Vas a darte casi tantos golpes como decisiones tomes, pero te puedo adelantar que los estudios y los amigos a los que llamarás familia van a salir a pedir de boca.
Vas a viajar, no tanto como te gustaría pero los viajes que hagas van a ser de los buenos, de esos que conoces lugares y gente maravillosa, que no será para siempre pero que te acompañarán lo suficiente como para dejar huella.
No le des demasiadas vueltas a cómo es tu cuerpo, va a seguir cambiando y te prometo que vas a lograr estar en paz con él, que habrá complejos pero también aceptación y cariño.
Sí, vas a enamorarte de un gilipollas, varias veces además. Aunque también vas a conocer a chicos geniales a los que les romperás el corazón, pero no te confíes que también te va a pasar a ti y querrás mandar todo a la mierda, pero no lo harás porque nunca hemos sido de quedarnos enterradas bajo las ruinas.
Te prometo que vas a sobrevivir a todo lo que te venga. No te voy a mentir, vienen tiempos duros y vas a tener que sacar fuerzas de dónde crees que no tienes, pero saldrás a flote.

Nos quiero.

martes, 2 de agosto de 2016

Operación a corazón abierto

Como todas las intervenciones, la operación conlleva un riesgo mayor del que puedo permitirme. Pero no importa. Nada lo hace. 
El bisturí se desliza a lo largo de mi caja torácica, dibujando un camino de sangre de unos quince centímetros de longitud. Con cuidado, pero con fuerza, el cirujano se abre paso a través de mí, de mis murallas y expone, a la vista de todo el que quiera ver, el órgano encargado de bombear las ganas de luchar, de sobrevivir. 
No sé cuánto tiempo ha pasado, ni cuántas miradas de estupefacción sobrevuelan el quirófano, pero todas terminan en mí, en mi vulnerabilidad exhibida que aún late por inercia. El cirujano sólo niega con la cabeza, sin articular palabra, y me examina, y yo con los párpados cerrados le devuelvo la mirada. 
Acto seguido, y con reticencia en sus palabras, escucho el veredicto final, “no hay nada que hacer, hay que cerrar, sutura”. Y comienza a remendar las incisiones que, con esperanza, hizo con anterioridad. 
 Al terminar, no podía moverme, y mis manos no respondían y mis sentidos no se despertaban, y el cansancio se acomodó en mi pecho. Por un momento el miedo me abrazó con crudeza, y el foco de luz que tenía sobre mi cabeza se debilitó. Tan sólo pasó un instante y entonces lo entendí, suspiré y susurré “hora de la muerte, medianoche”.

Baluarte

Hace años dejé que una persona me culpara de algo que no había hecho, y sí, asumo toda la responsabilidad por no haber sabido decir "no". 
Hace 5 años y 7 meses me apagué, como una vela que se queda sin mecha, como el último suspiro en unos labios moribundos. Hace 2046 días me convertí en una persona frágil, que se vació de tanto llorar, sin un ápice de amor por si misma, y todo porque me autoconvencí de que no era lo suficientemente buena para alguien que no me llegaba ni a la suela de los zapatos. 
Nunca me perdonaré creerme que era lógico que no me quisiera, que tenía sentido que se hubiera ido en búsqueda de otras bocas, de otras faldas. Nunca me perdonaré las lágrimas derramadas, los nudos en el estómago y la asfixia en los pulmones. Nunca me perdonaré haber dejado de ser yo. 
Erigí un muro infranqueable, cavé un foso tan profundo como las inseguridades que me acechaban, puse a mis miedos como ejército y me encerré creyéndome débil, y joder lo que me costó salir de ahí.

A día de hoy confieso que aún me cuesta, que a veces me flaquean las piernas y que vacilan mis convicciones. Confieso que tengo días buenos, malos, geniales y terribles, que aún quedan restos del baluarte que aquel día construí, y que estoy convencida de que nunca se derribará del todo.